jueves, 9 de diciembre de 2010

Wittgenstein sobre la enfermedad mental

"Si yo padeciera una enfermedad mental, lo que más me atemorizaría sería que usted adoptara una actitud de sentido común; que usted diera por sentado que yo estaría engañado. (La locura no necesita considerarse como una enfermedad. ¿Por qué no habría de considerársela como un repentino -más o menos repentino- cambio de carácter?

Resultaría interesante para nosotros amparar este fenómeno como algo diferente, por así decirlo. Pienso por ejemplo, en la enfermedad mental.

Fragmentos en los que se detuvo Bru 1

Empiezo mi relación con un hecho que acaeció cuando yo tenía diez años y asistía a la escuela de latín de nuestra pequeña población. Algunas cosas de aquel tiempo exhalan aún para mí su perfume, matizadas de melancolía o asociadas a gratos escalofríos: calles oscuras o iluminadas, casas y torres, campanadas de reloj y caras humanas, aposentos cómodos donde se respira el cálido bienestar, aposentos llenos de misterio vinculados a una fuerte sensación de miedo a los aparecidos. Olor a intimidad caliente, a conejos y a criados, a remedios caseros y a fruta seca. Dos mundos diferentes afluían ahí, confundiéndose; el día y la noche parecían depender de polos distintos. De aquellos mundos uno se reducía a la casa paterna, y ni siquiera la abarcaba toda; en puridad, sólo abarcaba las personas de mi padre y mi madre. Este mundo me era perfectamente conocidos en casi todos los aspectos; sus principales palabras eran papá y mamá, amor y severidad, ejemplo y educación. Sus atributos eran la luz, la claridad, la limpieza. Las frases cariñosas, las manos bien lavadas, los vestidos limpios y las buenas costumbres tenían su centro en él. Se entonaban dentro de él los cánticos corales mañaneros y se festejaba la nochebuena. En tal mundo había líneas rectas y caminos que conducían derechamente al porvenir; formaban parte de él el deber y la culpa, el remordimiento y la confesión, y el perdón y los buenos propósitos, el amor y la veneración.
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En cada uno de los seres humanos se ha hecho forma el espíritu, en cada uno padece la criatura, en cada uno de ellos un Redentor es crucificado. Pocos saben hoy lo que es el hombre. Muchos los sienten y, por sentirlo, mueren más aliviados, como yo moriré más aliviado si consigo concluir este relato. No creo ser un hombre que sabe. He sido un hombre que busca y lo soy todavía, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí. Mi historia no es grata, no es suave ni armoniosa; no es como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a demencia y a sueño, como la vida de todos los hombres, como la vida de todos los hombre que no quieren seguir mintiéndose a sí mismos. La existencia de todo ser humano es un camino hacía sí, o un conato de camino o un simple rastro. Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo, pero todos aspiran a serlo, confusamente unos, más claramente otros, cada uno como puede. Todos llevan consigo viscosidades y fragmentos de cáscara de huevo procedentes de un mundo primigenio. Hay quien no llega jamás a ser hombre, y sigue siendo rana, ardilla u hormiga. Hay quien es hombre de medio cuerpo para arriba y pez en lo demás. Mas cada uno es un impulso de la Naturaleza hacia el hombre. Todos nosotros tenemos orígenes iguales: las madres; todos provenimos de la misma sima, pero cada uno, representante de una tentativa y de un impulso desde lo hondo, tiende a su propio fin. Así, podemos entendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede cada cual interpretarse.
[H. HESSE, principio y final de Demian].

lunes, 4 de octubre de 2010

Mientras no tengamos rostro

"Más bonita que Andrómeda, más bonita que Helena, más bonita que la misma Afrodita. Era una belleza que no deslumbraba hasta después de dejarla de mirar y meditar sobre ella. Mientras estaba a su lado no deslumbraba. Parecía la cosa más natural del mundo".

"Lo único que me consolaba era algo muy diferente. Apenas era un pensamiento, algo muy difícil de expresar con palabras. Había en él mucha filosofía del zorro, cosas que él dice sobre los dioses o sobre la naturaleza divina, pero mezcladas también con otras que decía también el sacerdote sobre la sangre y la tierra y sobre cómo los sacrificios fertilizan las cosechas -no me explico bien. Parecía proceder de aquel del que proceden los temores y las lágrimas. No tenía forma definida. Simplemente había que aferrarse a ello o dejar que se aferrase a ti".

"Mi temor era el tributo a lo inmortal de la carne mortal. Y tras la cumbre inabordable de su incomprensible lenguaje -apenas esta se hubo alcanzado- se oyó el llanto".

"¿O al menos había sido así en el pasado, aquel mismo pasado que después el dios quiso alterar? Y si los dioses pueden alterarlo ¿por qué nunca lo hacen por piedad?".

"En doce meses nada hablaría ni palpitaría por otra cosa que por vos".

"Dicen que un preso es capaz de domar una rata, que llega a quererla de algún modo".

"No es que disipase en absoluto aquellas penas sino que parecían bajo su efecto nobles y gloriosas como una música triste y yo grande y admirable para sufrirlas. Era la reina grande y triste de una canción".

"Con la vejez fue perdiendo el aire de filósofo para versar su charla como retórica, figuras y poesía. Su voz alcanzó un timbre cada vez más estridente y no pensaba de hablar y hablar. Muchas veces me confundía con Psique; otras me llamaba Cretis o con nombre de varón como Cármies o Glaucón".

"En un mundo así (¿existe acaso? No es el nuestro, por descontado) mi camino hubiera sido recto. Ni los propios hubieran podido hallarme culpable. Y ahora contar mi historia como si yo hubiese tenido esa visión que ellos mismos me habían negado".

"Es como oír a un niño tonto silbar una y otra vez la misma canción hasta que uno llega a preguntarse cómo es posible que él mismo lo resista".

"Porque todo aquello que entonces era un simple parpadeo cazado al vuelo en una mirada o un gesto, todo lo que quería decir especialmente al decir su nombre, se había hecho ahora totalmente presente, y no como una insinuación o detalle que deben ser reconstruidos, no como algo que una vez es una cosa y luego otra. ¿Una diosa? Era la primera vez que veía a una mujer de verdad".

"Cuando a uno le llega la hora en que por fin se ve obligado a pronunciar las palabras que durante años ha cobijado en los entresijos del alma, las que , en todo tiempo, no ha hecho más que repetir y repetir como un idiota, uno no haya gozo alguno en las palabras. Comprendí muy bien por qué los dioses no nos hablan abiertamente, ni nos dejan responder. Mientras esas palabras no puedan sernos arrancadas ¿por qué iban a prestar oídos a la cháchara que creemos querer decir? ¿Cómo van a mostrarse ante nosotros cara a cara mientras no tengamos rostro?".

"Vi entonces que las paredes de aquel lugar estaban pintadas, historiadas".

"- Abuelo ¿se volverán así de hermosos los dioses algún día?
- Dicen... pero ni yo que estoy muerto entiendo más que un par de palabras en su lengua y no del todo. Sólo sé esto. Esta era nuestra será un día pasado remoto. Y la Naturaleza Divina puede alterar el pasado. Nada tiene todavía su verdadera forma".

"- Pero ¿quiénes eran? ¿Dos Psiques, una vestida y otra desnuda? Sí, dos psiques, las dos hermosas (si eso tenía ahora algo de importancia) más allá de lo imaginable, aunque no exactamente iguales.
- Tú también eres Psique -se oyó decir a una voz potente".

Carta de Abelardo de Eloísa IV

"Perdónanos pues -y perdona a aquella que es toda tuya- por insistir en las palabras con que traspasas nuestras almas como con espadas de muerte, pues lo que antecede a la muerte es más duro que la misma muerte. Un alma llena de dolor no puede vivir en calma, ni la mente llnea de ansiedad se puede entregar de veras a Dios".

miércoles, 8 de septiembre de 2010

"Quiero ir a ver a Bru" - Leyre


"Lo malo en el caso Ginzburg no es, como usted supondrá, que los milagros sean manipulados, sino al contrario: ¡No nos libramos de los milagros! !No podremos librarnos de las rosas que en medio del invierno crecen allí donde yace la hermana Rahel!" [Heinrich Böll, Retrato de un grupo con señora].

Bru ante el penalty


"Bloch empezó a percibir de nuevo, y todo al mismo tiempo, siluetas, movimientos, voces, llamadas y formas en lugar de cabellos teñidos con las raíces oscuras, en lugar de un broche solitario en el escote, en lugar de unas uñas ennegrecidas, en lugar de una sola espinilla en las cejas depildas, en lugar del abrigo de pieles en el asiento de una silla de café. Con un solo movimiento, rápido y sereno, cogió al vuelo el bolso que de improviso se había caído de la mesa".

"Bloch estaba bastante borracho. Parecía como si todos los objetos estuvieran fuera de su alcance. Estaba tan alejado de los acontecimientos, que él mismo ya no se hallaba en lo que veía o escuchaba. ¡Como las fotografías aéreas!, pensó, mientras miraba los cuernos y las cornamentas que estaban colgadas en la pared. Los ruidos le parecían intermitencias de la radio, eran parecidos a las voces y carraspeos que se oían en las retransmisiones por la radio de los servicios litúrgicos".

Se vio a sí mismo como si de repente hubiera degenerado a cualquier otra cosa. Ya no encajaba en la realidad; solamente era, y quería seguir siéndolo, afectación e instintos asesinos; yacía allí tan claro y manifiesto, que no se le ocurría ninguna imagen con la que pudiera establecerse una comparación. Era, tal como estaba allí, algo lascivo obsceno, inoportuno: ¡que le entierren!, pensó Bloch, ¡prohibidle, apartadle! Cuando se palpaba recibía una sensación desagradable, pero entonces se dio cuenta de que lo que ocurría era solamente que su conciencia de sí misma era tan fuerte, que la sentía en forma del sentido del tacto en toda la superficie del cuerpo; (...) yacía allí indefenso, incapaz de resistir; con su repugnante interior al descubierto; y no le resultaba desconocido, solamente lo veía de una manera distinta y le parecía repugnante. Se había producido una sacudida y con una sacudida se había desnaturalizado, se había roto su cohesión con el curso de los acontecimientos. Yacía allí, imposible de creer y a la vez tan real; ya no existían comparaciones. Su conciencia de sí mismo era tan fuerte, que le sobrevino una angustia mortal. Comenzó a dudar. Una moneda cayó en el suelo y fue a parar rodando debajo de la cama; se detuvo: ¿una comparación? Entonces se durmió".

"Entonces todo marchó bien durante un rato; los movimientos de los labios de las personas que hablaban con él concordaban con lo que les oía decir; las cosas no se componían solamente de fachada; en el muelle de carga de la lechería estaban arrastrando sacos de harina dentro del almacén; cuando alguien gritaba algo desde el otro extremo de la calle, se oía verdaderamente como si viniera de allá lejos; al parecer, la gente pasaba por la acera de enfrente no recibía ningún dinero por aparecer en un segundo plano; el mozo que llevaba un esparadrapo debajo del ojo tenía una costra real; y la lluvia no aparecía solamente en primer término, sino que caía en la totalidad del campo visual. Entonces Bloch se encontró bajo el alero de una iglesia. Probablemente había llegado allí por alguna callejuela y, cuando empezó a llover, se metió debajo del tejado".

"De manera que el cielo de fondo no se pintaba a ciegas, extendiendo los colores en el indispensable mortero húmedo con el pincel más grueso que se pudiera encontrar o incluso con una brocha, sino que el pintor tenía que pintar un cielo de verdad. (...) Y verdaderamente aquel fondo no parecía solamente un cielo porque estamos acostumbrados a imaginarnos el cielo como fondo sino porque allí, trazo por trazo, estaba pintado el cielo. Estaba pintado con tanta exactitud, pensó Bloch, que casi parecía como si estuviese dibujado; por lo menos con mucha más exactitud que las figurar en primer plano. ¿Y si había añadido el pájaro por algún enfado que había tenido? ¿Y había pintado el pájaro desde un principio o solamente lo había pintado cuando ya había terminado? ¿Y si el artista que había pintado el fondo estaba desesperado?

"Bloch estaba irritado. Dentro de los fragmentos veía los detalles con tanta claridad que le resultaba molesto: como si los trozos que veía salieran por la totalidad. Los detalles le parecían otra vez placas con nombres grabados. "Letreros luminosos", pensó. Así por ejemplo, cuando veía la oreja de la camarera con el pendiente, lo tomaba como algo representativo de toda la persona".

"Y no solamente era una insinuación todo lo que se decía, sino que también los objetos que tenía a su alrededor estaban allí para sugerirle algo. "¡Como si estuvieran haciéndome señas y guiñándome el ojo!", pensó Bloch".

"No era un chillido lo que le asustaba, sino una frase sin pies ni cabeza, después de un montón de frases normales y corrientes. Parecía como si todas las cosas tuvieran otro nombre".

"Se anunció un penalty. (...) - El portero está pensando hacia qué esquina va a lanzar el otro el balón -dijo Bloch-. Si conoce al jugador, sabrá cuál es la esquina que elige normalmente. Pero generalmente, el jugador que lanza el penalty cuenta también con que el portero estas o aquellas conjeturas. Así que el portero sigue reflexionando, y llega a la conclusión de que esta vez el tiro irá dirigido a la otra esquina. ¿Pero qué ocurre si el jugador continúa reflexionando también, y decide dirigir el tiro a la esquina acostumbrada? (...) Bloch vio cómo poco a poco todos los jugadores iban saliendo del área de castigo. (...) - Cuando el jugador toma carrerilla el portero indica con el cuerpo inconscientemente en que se va a lanzar, antes de que hayan dado la patada al balón el jugador puede entonces lanzar el balón tranquilamente en la otra dirección -dijo Bloch-. Es como si el portero intentara abrir una puerta con una brizna de paja. De repente el jugador echó a correr. El portero, que llevaba una camiseta de un amarillo chillón, se quedó parado sin hacer un solo movimiento, y y el jugador le lanzó el balón a las manos".
[Peter Handke, el miedo del portero al penalty].

Memoria e inmortalidad


"Hasta ese momento no supe que era inmortal ni supe hasta qué punto también era moral: oí los gritos de los niños asesinados en Belén, y con aquellos gritos se mezclaba el grito de la muerte de Fruklahr, un grito que no había oído nadie, pero que ahora llegaba a mis oídos: olía el aliento de los leones que despedazaron a los mártires, sentí sus zarpas como espinas en mi carne; sentí el saber del agua salina de los mares, gotas amargas de lo más profundo de las profundidades, y se me aparecieron imágenes que se desbordaban de sus marcos como el agua se desborda por las orillas..., paisajes que jamás había visto, rostros que jamás había conocido, y me adentré por aquellas imágenes hasta llegar al rostro de Hedwig, choqué con Brolaski, con Helene Frenkel, con Frulahr, me abrí paso de nuevo hasta Hedwig, y supe que su rostro era imperecedero, que volvería a verla con un pañuelo encima del rostro, un pañuelo que yo arrancaría para mostrar aquel rostro a Gröming. El rostro de Hedwig, que no podía ver con mis ojos, porque la noche era tan oscura: pero yo no necesitaba ojos para verla. Surgieron imágenes de la cámara oscura: me vi a mí mismo inclinándome con un extraño sobre Hedwig, y tuve celos de mí mismo; vi al hombre que la había abordado, sus dientes amarillos, su carrera, vi a Mozart, lo vi sonreír a la señorita Klontick, la profesora de piano que vivió junto a nuestra casa, y la señora Kurbelstrasse aparecía llorando en todas las imágenes, y seguía siendo lunes, y supe que yo no querría seguir adelante, lo que quería era volver atrás, no se adónde, pero atrás" [H. Böll, El pan de los años mozos].