domingo, 12 de diciembre de 2010

El arpa de hierba

"La vida tembló en el jarro y las pequeñas mariposas que volaban en torno a la llama parecían llevar bufandas amarillas entre las ramas negras".

"Los espíritus aceptan la vida, dan por sentadas las diferencias y, en consecuencia, siempre tienen problemas".

"¿Es que soy un necio por querer algo así? ¿Cuánta energía desperdiciamos escondiéndonos unos de otros, temerosos de que se nos conozca, de que nos identifiquen? Pero nosotros hemos sido identificados: como locos subidos a un árbol. Es una gran suerte que sepamos hacer uso de esa situación. No tenemos necesidad de preguntarnos por la imagen que presentamos. Tenemos libertad para averiguar quiénes somos en realidad, si estamos convencidos de que nadie puede echarnos de aquí. Es su inseguridad lo que hace que nuestros amigos conspiren para negar las diferencias. Entregué mi corazón en el pasado a extraños que desaparecían de pronto, que se bajaban en la primera estación: puestos todos ellos juntos quizá hubieran formado esa persona única en el mundo, pero sería como si tuviese una docena de rostros moviéndose por cien calles diferentes. Esa es mi oportunidad de encontrar la persona única en vosotros, en usted Sr. Dolly, en Riley, en todos ustedes".

sábado, 11 de diciembre de 2010

Rilke en la Octava Elegía

Y vosotros espectadores, siempre, por donde quiera,
vueltos hacia el todo, pero jamás a la lejanía,
las cosas nos desbordan. Las ordenamos. Se disgregan.
Las ordenamos nuevamente y nosotros nos disgregamos.
¿Quién nos colocó así, de espaldas, de modo
que hagamos lo que hagamos siempre estamos
en la actitud de aquel que se marcha? Como aquel
que, sobre la postrera colina que le muestra todo el valle
por última vez se vuelve, se detiene, se demora,
así vivimos nosotros, siempre en despedida.

Peter Handke en el juego de las preguntas

¿Y por qué vosotros habéis podido
bendecir a los que venían después?
¿Y por qué con cada cosa que me
van apartando de vosotros, de modo
que ya no puedo dejarles nada de
vuestra bendición a nuestros hijos, que
detrás del horizonte se mueven ignorantes
sobre el abismo?

La fórmula de Hölderlin

¡Ven a lo abierto, amigo! Cierto es que poca
es la luz que hoy desciende y el cielo se nos cierra.
No se vislumbran las cimas de los montes sobre el bosque
como quisiéramos, y el aire está quieto y vacío de cánticos.
El día es triste. Las calles y los caminos dormitan
y casi parece que el tiempo es de plomo.
Pero surge el anhelo, los sumisos creyentes no dudan
de esa hora única y dedican este día al placer.
Pues no menos alegra lo que hemos ganado del cielo,
cuando se nos niega a nosotros y al final se concede a los niños.
Con tal de que estas razones, así como los pasos y fatigas
nos valgan la victoria y sea seguro el júbilo.
Por eso, pues, espero que esto venga
cuando empiece lo que ansiamos
y por primera vez se suelte nuestra lengua.
Y una vez encontrada la palabra y el corazón henchido,
de la embriagada fuente surja el más elevado pensamiento,
con nuestro florecer florezca el cielo
y se abran las luces al abrir nuestros ojos.

Parsifal

En la juventud habías alimentado una angustia grande,
pero la alegría que se acercaba la venció por amor de su esperanza.
Has conseguido la paz del alma
y conseguido la alegría de la vida en tus angustias.

Fragmentos en los que se detuvo Bru 2

Poco años antes de su muerte Faulkner declaraba: "Sartoris es el germen de toda mi actitud" puesto que "con Sartoris descubrí que mi territorio natal, no mayor que un sello en el mapa, era un tema digno de ser tratado, y que nunca viviría el tiempo necesario para agotarlo". Publicada en 1929 como versión elaborada de Banderas sobre Polvo.

Jefferson. Missisipi. Tres dinastías de Sartoris.

"También su habitación se hallaba engañosamente iluminada por la luna, y Bayard, sin encender la luz, se sentó en la cama. Al otro lado de la ventana los interminables grillos y ranas sonaban como si los rayos de la luna fueran frágiles cristales cayendo entre los árboles y matorrales, desmenuzándose sobre el suelo en una lluvia musical; por encima de todo ello, con una cualidad profunda y vibrante, alentaban las mesuradas respiraciones de la bomba de agua en la planta eléctrica, más allá del establo".

"Tampoco ahora pensaba en ella, aunque aquellas paredes encerraran como una flor mustia dentro de un ataúd, la fragancia del caos cósmico; tan trágico y tan pasajero como una floración de madreselva".

"Las esquinas todavía por doblar del destino de un hombre. Bien; el cielo, aquel lugar tan superpoblado, estaba justo detrás de una de ellas, según todos aseguraban; el cielo, lleno de todas las ilusiones de un hombre sobre sí mismo y de las conflictivas ilusiones que acerca de él cruzan las mentes de otras ilusiones... Bayard cambió levemente de posición, suspiró tranquilamente y abrió su pluma estilográfica. Al final de la columna escribió: John Sartoris, 5 de julio de 1918".

"El valor de la paz, repitió de nuevo para sí mismo, dejando escapar las graves palabras una a una en la fría campana de silencio en la que había venido por fin a refugiarse, oyéndolas demorarse y morir después con un sonido tan puro como un leve entrechocar de crital y plata".

"Su mano era cálida, prensil, como mercurio derramado, capaz de explorar suavemente la palma de Horace con huesos delicados y carne perfumada e impaciente. Sus ojos eran como uvas de invernadero y su boca rójamente móvil destilaba descontento".

"Permanecieron así durante algún tiempo, mientras la luz desaparecía y Belle habitaba otro vacío transitorio, repleto de descontento, construyendo un mundo por el que dealbulaba romántica y delicadamente y de manera un tanto trágica, con Horace sentado junto a ella, contemplando no sólo a Belle en el dramático papel autoelegido, sino también a sí mismo actuando como pueda hacerlo un galán maduro a quien le clarea el cabello y empieza a traicionarle el perfil por culpa de la barbilla pero capaz todavía de cambiar de registro sin necesidad de ensayos, mientras los actores jóvenes se muerden amargamente las uñas entre bastidores".

"Ella dijo: - Ven aquí -él fue hacia ella, y en la penumbra Belle resultaba otra vez trágica, joven y familiar creando al mismo tiempo una obsesiva sensación de vacío, y Horace comprendió la triste fecundidad del mundo y la esperanzada desilusión del tiempo que se engaña a sí mismo".

"y poco antes del crepúsculo, en aquellos días del veranillo de San Martín, cuando se extendía por el aire tranquilo una tristeza antigua tan intensa como el aroma de un fuego de leña (...)".

"El viejo Bayard en zapatillas, con los pies apoyados contra la chimenea, la cabeza envuelta en humo y el viejo setter soñando intermitentemente junto a un sillón, reviviendo quizás antiguas y orgullosas actitudes o volviendo incluso a los esbeltos y desgarbados días de su juventud, cuando el mundo estaba lleno de aromas que le encendían la sangre y el orgullo no le había enseñado aún a vivir con moderación".

"Ella le cogió la cara entre las manos, inclinándola, pero sus labios estaban fríos y le supieron a fatalidad y a desastre; luego siguió pegada a él durante un rato con la cabeza reclinada sobre su pecho".

"Por encima de él, los pinos, aunque no había viento que los moviera, emitían continuamente extraños chasquidos, como si la helada qu eestaba en el aire hubiera encontrado una voz".

"Entre sauces inmóviles, obstinadamente verdes, un seco retumbar de sueltas planchas de madera sobre agua de sonoros fulgores. Detrás de ellos el sol era un globo amarrado una hora en el cielo".

"y mientras Narcissa tenía en la mano el pequeño óvalo y los serenos ojos azules le miraban tranquilamente y todo el rostro, entre los rizos leonados, con su piel tersa y su boca de niño, irradiaba algo que era a la vez, alegre e indomeñable, comprendió, como nunca lo había hecho antes, la trágica ceguera del acontecer humano. Y mientras permanecía inmóvil con el medallón en la mano y miss Jenny creía que lo estaba contemplando, lo que Narcissa hacía era acunar al niño que llevaba en el seno con toda la enfebrecida constancia de su naturaleza: era como si ya pudiera discernir la oscura forma plateada de la fatalidad, que también le afectaba a ella".

"Y Narcissa pensó en cuánto más era merecedora de respeto de gallardía de quien nunca había bajado su lanza entre enemigos que ninguna espada era capaz de alcanzar, la firmeza sin quejas de aquellas mujeres que nadie había contado (ni tampoco, ay, llorado), que la pomposa e inútil fascinación de los hombres que las eclipsaban".

"Pero miss Jenny no ignoraba su contenido, acorde con la inscripción y el ejemplo de aquel que dominaba a todos y que dotaba a todo el cementerio, consagrado en teoría al descanso de gente muy fatigada, de una retumbante solemnidad que tenía tan poco que ver con su concreta mortalidad como la encuadernación de un libro con la temporalidad de sus personajes, y donde las lápidas de las mujeres que los Sartoris habían conseguido atraer a sus arrogantes órbitas, a pesar de sus pomposas referencias genealógicas, resultaban ser tan modestas y quedaban tan eclipsadas como los cantos de las alondras bajo el nido de un águila".

"Y si tenían el encanto suficiente, habría un Sartoris en ellas y en este caso el desastre estaba asegurado. Peones. Pero el jugador y la partida que juega... Aunque está claro que necesita un nombre para sus peones. Pero quizá sea Sartoris el nombre del juego mismo: un juego pasado de moda y disputado con peones tallados demasiado tarde y utilizando un modelo demasiado viejo, del que el Jugador mismo está un poco cansado. Porque se evoca a la muerte al pronunciar su nombre y está cargado de romántica fatalidad, como flámulas plateadas alejándose a la puesta del sol, o como un agonizante resonar de trompetas en el camino hacia Roncesvalles.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Sobre la virtud

Pero por muchas que sean las dificultades con las que la virtud ha de tropezarse en este mundo, su fuerza es sin embargo superior. Desamparada como aquí está, no está con todo abandonada o dejada en la miseria. Tiene lo suficiente para elevarse por encima de nuestra piedad, aunque no de nuestros deseos, y por feliz que la veamos aquí, son posibles todavía para nosotros esperanzas ulteriores en su nombre. La parte de ella que nos es presente basta para mostrar que la providencia compromete siempre a su favor [Shaftesbury, The Moralists II, 3, A276-7].