miércoles, 8 de septiembre de 2010

Memoria e inmortalidad


"Hasta ese momento no supe que era inmortal ni supe hasta qué punto también era moral: oí los gritos de los niños asesinados en Belén, y con aquellos gritos se mezclaba el grito de la muerte de Fruklahr, un grito que no había oído nadie, pero que ahora llegaba a mis oídos: olía el aliento de los leones que despedazaron a los mártires, sentí sus zarpas como espinas en mi carne; sentí el saber del agua salina de los mares, gotas amargas de lo más profundo de las profundidades, y se me aparecieron imágenes que se desbordaban de sus marcos como el agua se desborda por las orillas..., paisajes que jamás había visto, rostros que jamás había conocido, y me adentré por aquellas imágenes hasta llegar al rostro de Hedwig, choqué con Brolaski, con Helene Frenkel, con Frulahr, me abrí paso de nuevo hasta Hedwig, y supe que su rostro era imperecedero, que volvería a verla con un pañuelo encima del rostro, un pañuelo que yo arrancaría para mostrar aquel rostro a Gröming. El rostro de Hedwig, que no podía ver con mis ojos, porque la noche era tan oscura: pero yo no necesitaba ojos para verla. Surgieron imágenes de la cámara oscura: me vi a mí mismo inclinándome con un extraño sobre Hedwig, y tuve celos de mí mismo; vi al hombre que la había abordado, sus dientes amarillos, su carrera, vi a Mozart, lo vi sonreír a la señorita Klontick, la profesora de piano que vivió junto a nuestra casa, y la señora Kurbelstrasse aparecía llorando en todas las imágenes, y seguía siendo lunes, y supe que yo no querría seguir adelante, lo que quería era volver atrás, no se adónde, pero atrás" [H. Böll, El pan de los años mozos].

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