Poco años antes de su muerte Faulkner declaraba: "Sartoris es el germen de toda mi actitud" puesto que "con Sartoris descubrí que mi territorio natal, no mayor que un sello en el mapa, era un tema digno de ser tratado, y que nunca viviría el tiempo necesario para agotarlo". Publicada en 1929 como versión elaborada de Banderas sobre Polvo.
Jefferson. Missisipi. Tres dinastías de Sartoris.
"También su habitación se hallaba engañosamente iluminada por la luna, y Bayard, sin encender la luz, se sentó en la cama. Al otro lado de la ventana los interminables grillos y ranas sonaban como si los rayos de la luna fueran frágiles cristales cayendo entre los árboles y matorrales, desmenuzándose sobre el suelo en una lluvia musical; por encima de todo ello, con una cualidad profunda y vibrante, alentaban las mesuradas respiraciones de la bomba de agua en la planta eléctrica, más allá del establo".
"Tampoco ahora pensaba en ella, aunque aquellas paredes encerraran como una flor mustia dentro de un ataúd, la fragancia del caos cósmico; tan trágico y tan pasajero como una floración de madreselva".
"Las esquinas todavía por doblar del destino de un hombre. Bien; el cielo, aquel lugar tan superpoblado, estaba justo detrás de una de ellas, según todos aseguraban; el cielo, lleno de todas las ilusiones de un hombre sobre sí mismo y de las conflictivas ilusiones que acerca de él cruzan las mentes de otras ilusiones... Bayard cambió levemente de posición, suspiró tranquilamente y abrió su pluma estilográfica. Al final de la columna escribió: John Sartoris, 5 de julio de 1918".
"El valor de la paz, repitió de nuevo para sí mismo, dejando escapar las graves palabras una a una en la fría campana de silencio en la que había venido por fin a refugiarse, oyéndolas demorarse y morir después con un sonido tan puro como un leve entrechocar de crital y plata".
"Su mano era cálida, prensil, como mercurio derramado, capaz de explorar suavemente la palma de Horace con huesos delicados y carne perfumada e impaciente. Sus ojos eran como uvas de invernadero y su boca rójamente móvil destilaba descontento".
"Permanecieron así durante algún tiempo, mientras la luz desaparecía y Belle habitaba otro vacío transitorio, repleto de descontento, construyendo un mundo por el que dealbulaba romántica y delicadamente y de manera un tanto trágica, con Horace sentado junto a ella, contemplando no sólo a Belle en el dramático papel autoelegido, sino también a sí mismo actuando como pueda hacerlo un galán maduro a quien le clarea el cabello y empieza a traicionarle el perfil por culpa de la barbilla pero capaz todavía de cambiar de registro sin necesidad de ensayos, mientras los actores jóvenes se muerden amargamente las uñas entre bastidores".
"Ella dijo: - Ven aquí -él fue hacia ella, y en la penumbra Belle resultaba otra vez trágica, joven y familiar creando al mismo tiempo una obsesiva sensación de vacío, y Horace comprendió la triste fecundidad del mundo y la esperanzada desilusión del tiempo que se engaña a sí mismo".
"y poco antes del crepúsculo, en aquellos días del veranillo de San Martín, cuando se extendía por el aire tranquilo una tristeza antigua tan intensa como el aroma de un fuego de leña (...)".
"El viejo Bayard en zapatillas, con los pies apoyados contra la chimenea, la cabeza envuelta en humo y el viejo setter soñando intermitentemente junto a un sillón, reviviendo quizás antiguas y orgullosas actitudes o volviendo incluso a los esbeltos y desgarbados días de su juventud, cuando el mundo estaba lleno de aromas que le encendían la sangre y el orgullo no le había enseñado aún a vivir con moderación".
"Ella le cogió la cara entre las manos, inclinándola, pero sus labios estaban fríos y le supieron a fatalidad y a desastre; luego siguió pegada a él durante un rato con la cabeza reclinada sobre su pecho".
"Por encima de él, los pinos, aunque no había viento que los moviera, emitían continuamente extraños chasquidos, como si la helada qu eestaba en el aire hubiera encontrado una voz".
"Entre sauces inmóviles, obstinadamente verdes, un seco retumbar de sueltas planchas de madera sobre agua de sonoros fulgores. Detrás de ellos el sol era un globo amarrado una hora en el cielo".
"y mientras Narcissa tenía en la mano el pequeño óvalo y los serenos ojos azules le miraban tranquilamente y todo el rostro, entre los rizos leonados, con su piel tersa y su boca de niño, irradiaba algo que era a la vez, alegre e indomeñable, comprendió, como nunca lo había hecho antes, la trágica ceguera del acontecer humano. Y mientras permanecía inmóvil con el medallón en la mano y miss Jenny creía que lo estaba contemplando, lo que Narcissa hacía era acunar al niño que llevaba en el seno con toda la enfebrecida constancia de su naturaleza: era como si ya pudiera discernir la oscura forma plateada de la fatalidad, que también le afectaba a ella".
"Y Narcissa pensó en cuánto más era merecedora de respeto de gallardía de quien nunca había bajado su lanza entre enemigos que ninguna espada era capaz de alcanzar, la firmeza sin quejas de aquellas mujeres que nadie había contado (ni tampoco, ay, llorado), que la pomposa e inútil fascinación de los hombres que las eclipsaban".
"Pero miss Jenny no ignoraba su contenido, acorde con la inscripción y el ejemplo de aquel que dominaba a todos y que dotaba a todo el cementerio, consagrado en teoría al descanso de gente muy fatigada, de una retumbante solemnidad que tenía tan poco que ver con su concreta mortalidad como la encuadernación de un libro con la temporalidad de sus personajes, y donde las lápidas de las mujeres que los Sartoris habían conseguido atraer a sus arrogantes órbitas, a pesar de sus pomposas referencias genealógicas, resultaban ser tan modestas y quedaban tan eclipsadas como los cantos de las alondras bajo el nido de un águila".
"Y si tenían el encanto suficiente, habría un Sartoris en ellas y en este caso el desastre estaba asegurado. Peones. Pero el jugador y la partida que juega... Aunque está claro que necesita un nombre para sus peones. Pero quizá sea Sartoris el nombre del juego mismo: un juego pasado de moda y disputado con peones tallados demasiado tarde y utilizando un modelo demasiado viejo, del que el Jugador mismo está un poco cansado. Porque se evoca a la muerte al pronunciar su nombre y está cargado de romántica fatalidad, como flámulas plateadas alejándose a la puesta del sol, o como un agonizante resonar de trompetas en el camino hacia Roncesvalles.