jueves, 9 de diciembre de 2010

Fragmentos en los que se detuvo Bru 1

Empiezo mi relación con un hecho que acaeció cuando yo tenía diez años y asistía a la escuela de latín de nuestra pequeña población. Algunas cosas de aquel tiempo exhalan aún para mí su perfume, matizadas de melancolía o asociadas a gratos escalofríos: calles oscuras o iluminadas, casas y torres, campanadas de reloj y caras humanas, aposentos cómodos donde se respira el cálido bienestar, aposentos llenos de misterio vinculados a una fuerte sensación de miedo a los aparecidos. Olor a intimidad caliente, a conejos y a criados, a remedios caseros y a fruta seca. Dos mundos diferentes afluían ahí, confundiéndose; el día y la noche parecían depender de polos distintos. De aquellos mundos uno se reducía a la casa paterna, y ni siquiera la abarcaba toda; en puridad, sólo abarcaba las personas de mi padre y mi madre. Este mundo me era perfectamente conocidos en casi todos los aspectos; sus principales palabras eran papá y mamá, amor y severidad, ejemplo y educación. Sus atributos eran la luz, la claridad, la limpieza. Las frases cariñosas, las manos bien lavadas, los vestidos limpios y las buenas costumbres tenían su centro en él. Se entonaban dentro de él los cánticos corales mañaneros y se festejaba la nochebuena. En tal mundo había líneas rectas y caminos que conducían derechamente al porvenir; formaban parte de él el deber y la culpa, el remordimiento y la confesión, y el perdón y los buenos propósitos, el amor y la veneración.
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En cada uno de los seres humanos se ha hecho forma el espíritu, en cada uno padece la criatura, en cada uno de ellos un Redentor es crucificado. Pocos saben hoy lo que es el hombre. Muchos los sienten y, por sentirlo, mueren más aliviados, como yo moriré más aliviado si consigo concluir este relato. No creo ser un hombre que sabe. He sido un hombre que busca y lo soy todavía, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí. Mi historia no es grata, no es suave ni armoniosa; no es como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a demencia y a sueño, como la vida de todos los hombres, como la vida de todos los hombre que no quieren seguir mintiéndose a sí mismos. La existencia de todo ser humano es un camino hacía sí, o un conato de camino o un simple rastro. Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo, pero todos aspiran a serlo, confusamente unos, más claramente otros, cada uno como puede. Todos llevan consigo viscosidades y fragmentos de cáscara de huevo procedentes de un mundo primigenio. Hay quien no llega jamás a ser hombre, y sigue siendo rana, ardilla u hormiga. Hay quien es hombre de medio cuerpo para arriba y pez en lo demás. Mas cada uno es un impulso de la Naturaleza hacia el hombre. Todos nosotros tenemos orígenes iguales: las madres; todos provenimos de la misma sima, pero cada uno, representante de una tentativa y de un impulso desde lo hondo, tiende a su propio fin. Así, podemos entendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede cada cual interpretarse.
[H. HESSE, principio y final de Demian].

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