Todos los escritores están inconsolables ante el estado del universo, de la humanidad, independientemente del sistema político que vivan; inconsolables ante los limitadores sistemas del orden, ante el desprecio a los problemas que nunca se podrán resolver por el derecho y la ley. El escritor ama la tierra como a una mujer desconocida a la que abraza una vez y no vuelve a ver nunca: la creación literaria es la impresión de estar siempre en contacto con la muerte. La literatura escrita por cristianos está sometida, única y exclusivamente, a las reglas de la literatura; no existe un estilo cristiano, no hay novelas cristianas, sino sólo cristianos que escriben, y cuanto más se concentre un cristiano, como artista, en el estilo y la expresión, más cristiana será su obra.
Todo lo escrito se escribió contra la muerte. Escribir es una empresa fácil, pues la amante no está dispuesta a acceder a una legalización de las relaciones: no desea casarse, no quiere que el amor se vuelva una obligación. Y hay una cosa que le asusta más que nada: que su compañero quiera ceñirla en el corsé de sus propias ideas. Si es así, se vengará trayendo al mundo niños de madera: literatura cristiana (o toda aquella a la que le vaya bien el uniforme del realismo socialista). La raíz es la amargura por la condición humana, ante la cual el escritor debe acusarse también ("el escritor siempre se abre proceso a sí mismo), como representante más visible ante sí mismo de esa sociedad que, por más que se corrija en lo económico o político, siempre estará sujeta al mal, por ser el mundo una humanidad empecatada -una humanidad con la "falta" como elemento de la condición humana.
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