es la luz que hoy desciende y el cielo se nos cierra.
No se vislumbran las cimas de los montes sobre el bosque
como quisiéramos, y el aire está quieto y vacío de cánticos.
El día es triste. Las calles y los caminos dormitan
y casi parece que el tiempo es de plomo.
Pero surge el anhelo, los sumisos creyentes no dudan
de esa hora única y dedican este día al placer.
Pues no menos alegra lo que hemos ganado del cielo,
cuando se nos niega a nosotros y al final se concede a los niños.
Con tal de que estas razones, así como los pasos y fatigas
nos valgan la victoria y sea seguro el júbilo.
Por eso, pues, espero que esto venga
cuando empiece lo que ansiamos
y por primera vez se suelte nuestra lengua.
Y una vez encontrada la palabra y el corazón henchido,
de la embriagada fuente surja el más elevado pensamiento,
con nuestro florecer florezca el cielo
y se abran las luces al abrir nuestros ojos.
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